A partir de 2026, la inteligencia artificial dejará de ser una novedad tecnológica para convertirse en una infraestructura silenciosa, omnipresente y determinante. Ya no será un tema de especialistas ni una curiosidad de laboratorio: empezará a moldear la economía, el trabajo, la educación, la política y la vida cotidiana con una velocidad inédita. El cambio no será repentino, pero sí profundo y, sobre todo, irreversible.